Agua, salud y ecosistemas

Un abastecimiento seguro, confiable y accesible de agua es esencial para la buena salud. Las dimensiones más conocidas de esta relación son cantidad y calidad de agua para: consumo, como hidratación y para la preparación de alimentos; higiene personal y de los enseres domésticos; y, saneamiento para la eliminación adecuada de excretas.  Sin embargo, el agua y los ecosistemas de agua dulce juegan un papel importante en otros espacios de la salud, el bienestar humano y el desarrollo sostenible. La pandemia del COVID-19, sin duda ha incrementado nuestro consumo y el impacto negativo en los ecosistemas de agua dulce; por lo tanto, las medidas para superar la emergencia deben considerar los vínculos entre agua, salud y ecosistemas.

Mujeres en el Lago Titicaca aprenden a monitorear la calidad del agua.

Ecuador, 27 de mayo, 2020 (UICN). La Organización Mundial de la Salud (OMS) sugiere que para satisfacer de manera adecuada las necesidades de agua de una persona, se requiere un promedio de 100 litros por día (Howard & Bartram, 2003).  Sin embargo, la escasez de agua ya es un desafío en varias regiones del planeta y se espera que empeore en los escenarios de cambio climático.

Más aún, la cantidad de agua a la que se puede acceder está determinada por condiciones socio-culturales como (Hunter , MacDonald, & Carter, 2010):

  • la distancia hasta el punto de recolección, que puede presentarse en un rango de soluciones: desde un grifo de agua potable instalado dentro de la vivienda hasta un pozo o arroyo comunal a varios kilómetros de distancia del hogar.  A nivel mundial, 8 de cada 10 hogares no cuenta con agua dentro de su vivienda (Castañeda Camey, Sabater, Owren, & Boyer, 2020).
  • el costo del agua, que se paga ya sea como una tarifa de consumo o como el tiempo y esfuerzo utilizado para acarrearla; y
  • las pautas de acceso.  En este sentido, las desigualdades siempre son más notorias entre entornos urbanos y rurales o entre estratos socioeconómicos ricos y pobres (WWAP, 2019).  También tienen implicancias diferentes en los roles de género, siendo mayoritariamente mujeres quienes están a cargo de acarrear, administrar y evaluar la calidad del agua para satisfacer diferentes usos de los hogares, incrementando su exposición a distintas formas de violencia de género (Castañeda Camey, Sabater, Owren, & Boyer, 2020).

La calidad del agua para el consumo humano se refiere a la ausencia de patógenos u otros contaminantes químicos que puedan producir enfermedades.  Es la relación más conocida entre agua y salud.  Afecciones como el cólera y otras diarreas, la disentería, la hepatitis A, la fiebre tifoidea y la poliomielitis, debido al consumo de agua contaminada con excrementos humanos o animales, cobran la vida de más de 500 mil personas al año, particularmente niños menores de cinco años  (OMS, 2019). Enfermedades que son prevenibles si se cuenta con la infraestructura adecuada (ODS 3.3).  Si bien la cobertura de este servicio ha incrementado notablemente, todavía falta camino por recorrer para cumplir con la Agenda 2030 (ODS 6.1).  Para el año 2017, el 74% de la población de América Latina y el Caribe contaba con un servicio de agua potable gestionado de manera segura y otro 22% tenía acceso a un servicio básico (UNICEF-OMS, 2019).

Garantizar infraestructura de saneamiento mejorado (ODS 6.2) y la eliminación de defecación al aire libre son esenciales en la lucha contra la pobreza extrema (ODS 1.4) y para garantizar la calidad del recurso al que tienen acceso los usuarios aguas debajo de los puntos de descarga.  En todo el mundo este es un objetivo relegado.  En América Latina y el Caribe, apenas el 38% de lo población tiene acceso a un servicio seguro de eliminación de excretas y otro 50% a nivel básico (UNICEF-OMS, 2019).

Otro tipo de infecciones se transmiten en las comunidades debido a la falta de higiene personal. En el caso particular de la pandemia causada por COVID-19, la primera y más esencial recomendación es “lavarse las manos frecuentemente”. El incremento en las medidas de higiene hace pensar en un aumento en las concentraciones de jabones, detergentes y otros productos de la desinfección, así como un aumento de productos farmacéuticos, en las aguas residuales.  Estas fuentes de contaminación difusa son difíciles de gestionar y tienen profundos impactos en los ecosistemas.

Impactos de los productos químicos en los ecosistemas

Una serie de factores influyen en el comportamiento de las partículas químicas de los detergentes sintéticos y los medios acuáticos, incluyendo la dureza, temperatura y concentración de oxígeno disuelto en el agua.  De igual manera, la especie de flora o fauna expuesta y su estado de maduración muestran distintos grados de sensibilidad.  El daño en las agallas de los peces parece ser el efecto más notorio, pero también pueden producirse daños en órganos internos.  Se han identificado otros efectos como retardo del crecimiento, alternaciones en los comportamientos tróficos, pérdida de movilidad, reducción de la fertilidad y aumento en la sensibilidad a otros compuestos (Abel, 1974) (Chaturvedi & Kumar, 2010).

Surfactantes o tensoactivos, sustancias comúnmente encontradas en productos de limpieza del hogar o higiene personal, reducen la tensión superficial y aumentan la solubilidad, movilidad y biodisponiblidad de los compuestos hidrofóbicos u orgánicos insolubles.  Es decir, separan las fases de grasa y agua, y mantienen las partículas hidrofóbicas en suspensión.  Estas moléculas están más biodisponibles para la vida acuática.  Y aun cuando muchos detergentes se etiquetan como biodegradables, persisten en el ambiente durante días, por lo que pueden llegar a alterar las membranas celulares y cadenas proteicas de las plantas y animales acuáticos (Chaturvedi & Tiwar, 2013, 12-16) (Chaturvedi & Kumar, 2010).

Los desinfectantes con base de cloro también pueden afectar de manera directa a los organismos acuáticos destruyendo sus células por oxidación.  Otra forma de impacto se da cuando los radicales libres de cloro se juntan con otros materiales, particularmente materia orgánica, y forman compuestos tóxicos o cancerígenos (como trihalometanos y ácidos halohacéticos) (Zhang, Tang, Chen, & Yin, 2020).

Fosfatos, nitratos o agentes óxido-reductores aceleran los procesos de eutrofización (crecimiento excesivo de algas), modificando la disponibilidad de oxígeno en los cuerpos de agua y alterando de esta manera las cadenas tróficas y la disponibilidad de luz.  Otros componentes químicos que se arrojan a las aguas servidas muestran distintos niveles de toxicidad.

Sin embargo, los desafíos relacionados con el agua y la salud no terminan con acceder a infraestructura básica.  Es necesario considerar la interdependencia de los usos del agua (ODS 6.4), la perspectiva de cuenca hidrográfica para su gestión (ODS 6.5) y el papel que juegan los ecosistemas en proveer y regular el ciclo de este recurso vital (ODS 6.6).

La función de los ecosistemas en el ciclo del agua

El agua es esencial y transversal para el desarrollo sostenible.  Es un recurso escaso y en competencia para diversos usos: para consumo humano y saneamiento, como se menciona arriba; para agricultura, para generación de energía, como insumo de la industria, etc. Para lograr un abastecimiento seguro para todos, es necesario gestionar el recurso desde una perspectiva de cuenca hidrográfica (ODS 6.5).  Es decir, entender y manejar el cómo los distintos usuarios del agua se afectan entre sí (ODS 6.4), condicionando la cantidad y calidad de agua disponible para todos.

Por ejemplo, el tratamiento de las aguas servidas.  Se estima que apenas el 30% de los efluentes de las ciudades de América Latina y el Caribe, uno de los continentes más urbanizados del mundo, retorna a los cuerpos de agua después de algún tipo de tratamiento (BID, 2018) (WWPA, 2017).  Esto compromete la calidad del agua para los usuarios y ecosistemas en las partes bajas de las cuencas y es un gran reto para el desarrollo sostenible (ODS 6.3).  Como se menciona en líneas anteriores, el contacto con agua contaminada con excretos es un gran riesgo para la salud.

Otro ejemplo, es el agua necesaria para garantizar la seguridad alimentaria.  Esta es otra dimensión de las relaciones agua – salud:  la eliminación de hambre y el consumo de alimentos nutritivos (ODS 2.4). El agua es indispensable para cultivar alimentos.  Agua de riego con calidad suficiente es necesaria para asegurar su inocuidad.  En América Latina y el Caribe, el 72,4% de la extracciones de agua se emplean en usos agrícolas (Villalobos, García, & Ávila , 2017).  Existe un gran potencial para mejorar las prácticas de cultivo e intensificar la agricultura de manera sostenible, promoviendo la eficiencia del recurso (Sonneveld, Merbis, Alfarra, Ünver, & Arnal, 2018) y evitar su contaminación con pesticidas y fertilizantes, lo que reduce su disponibilidad para otros usos.

Por su parte, la biodiversidad de agua dulce (peces, crustáceos, moluscos, plantas y otros recursos hidrobiológicos) sustentan la pesca en pequeña escala y la acuacultura.  La Organización Mundial para la Agricultura y Alimentación (FAO) reconoce el papel esencial de estas actividades para la seguridad alimentaria, la nutrición y el empleo, especialmente en el mundo en desarrollo (FAO, El estado mundial de la pesca y la acuicultura 2018. Cumplir los objetivos de desarrollo sostenible, 2018).  El pescado aporta proteína animal de alta calidad y fácil digestión, grasas y minerales esenciales que, en algunos casos, llega a ser el 50% de la ingesta proteica.  Esto es particularmente importante para los grupos vulnerables ya que los peces son, generalmente, considerados un bien común y su provisión es relativamente sencilla.  En la cuenca del Amazonas, por ejemplo, se ha estimado que en Brasil se consume 575 mil toneladas de pescado cada año (Isaac & Almeida, 2011);  en Ecuador, 8 mil toneladas al año en pesca silvestre (Sirén, 2011); y en Colombia se encontró que el 24% de los ingresos familiares se deriva de la pesca artesanal exclusivamente y el 81% del valor de la ingesta de proteína la constituye el consumo de pescado (Trujillo & Florez, 2016).

Pescador artesanal del río Pescador artesanal del río Photo: Depositphotos

Cuando pensamos en las funciones de los ecosistemas de agua dulce y su relación con la salud, todavía es posible rescatar beneficios adicionales, como la regulación de las poblaciones de insectos y otros vectores de enfermedades que tienen parte de su ciclo vital en el agua, como la esquitosomiasis, el tracoma, la malaria, la fiebre amarilla o el dengue.  Estas afectan principalmente a las comunidades más pobres de países tropicales (OMS, Enfermedades transmitidas por vectores, 2020).  Medidas simples como evitar aguas estancadas y contaminadas son eficaces en su prevención.

Los ecosistemas juegan un papel preponderante en la forma en la que podemos responder frente a un evento como la pandemia del COVID-19, en este caso mediante la provisión de agua en cantidad y calidad para satisfacer nuestras necesidades.  El ciclo del agua, cuánto llueve y escurre en los ríos o se infiltra en acuíferos subterráneos, está gobernado por las interacciones entre el suelo, la vegetación y la propia disponibilidad de agua.  Un suelo permeable, con horizontes conservados, facilitará su infiltración y el sostén de todo el ecosistema.  Por su parte, se estima que las plantas son responsables por hasta el 40% de las precipitaciones mundiales a través de la evapotranspiración (WWAP, 2018).  Asimismo, la vegetación es capaz de interceptar el agua entre su follaje o en la hojarasca que cubre el suelo, permitiendo la alimentación de flujos de base que la regulan cantidad de este elemento que estará disponible en el tiempo.  También, las raíces juegan un papel importante en la retención de sedimentos, lo que influye en su calidad. 

La salud de los ecosistemas asegura su capacidad de proveer bienes y servicios que reducen la vulnerabilidad y mejoran las oportunidades de las comunidades para hacer frente y recuperarse de eventos como el COVID-19 y para su desarrollo sostenible en general. Hoy por hoy, acceder al agua suficiente para higiene personal, salva vidas.  Sin embargo, es necesario asegurar que las acciones que se toman para reducir los efectos de la pandemia no estén amplificando los riesgos en futuras crisis (Settele, Díaz, Brondizio, & Daszak, 2020).  En el mismo orden de pensamiento, cualquier iniciativa de provisión de agua potable y saneamiento, dependerá, en última instancia, de mantener las funciones ecosistémicas de provisión y regulación del ciclo hidrológico para todos los usuarios de la cuenca.

En muchas ocasiones, las Soluciones basadas en la Naturaleza pueden ser más costo-eficientes y más rápidas de implementar.  Por ejemplo, asegurar la protección de cursos de agua como fuente mejorada para consumo en atenciones de urgencia; o la restauración de humedales que contribuyan a la biodegradación o inmovilización de contaminantes emergentes, incluidos algunos productos farmacéuticos (WWAP, 2018). 

Es necesario incorporar en el análisis a los múltiples beneficios que surgen del uso del agua. Más allá de lo expuesto, el agua es un recurso importante para la generación de energía hidroeléctrica (ODS 7.2) y la innovación hacia un crecimiento económico (ODS 8.4), industrias (ODS 9.4) y consumo sostenible (ODS 12.2), que utilicen los recursos naturales de manera más eficiente.    Asimismo, la gestión del agua tiene impactos en la planificación y construcción de entornos urbanos más resilientes, capaces de ofrecer infraestructura básica a sus habitantes (ODS 11.1) y que respondan de manera efectiva a los desastres como inundaciones, movimientos en masa o sequías (ODS 11.5), previniendo la pérdida de vidas humanas y daños materiales en un mundo que, cada vez más, habita en ciudades y es vulnerable a los efectos del cambio climático (ODS 13.1) que aumentan la frecuencia e intensidad de estos eventos. 

Los gobiernos, sector privado, y las organizaciones de la sociedad civil deberían rescatar este vínculo entre los ecosistemas, el agua, la salud y el bienestar humano en los planes de recuperación de la pandemia y las medidas de fomento para lograr el desarrollo sostenible después de la crisis.

Autora:

Laura Piñeiros – Asistente Técnico del Programa de Agua y Ecosistemas

laura.pineiros@iucn.org

Go to top