Nunca hemos sentido a esta pregunta
más urgente, o menos abstracta, que al
evocar los conflictos y eventos
relacionados con el medio ambiente que
ensombrecieron el 2005. Una y otra vez
fuimos conscientes de que las decisiones
y acciones imprudentes de la humanidad
en el pasado nos están pasado factura,
forzándonos a una profunda reflexión.
Algunas de estas facturas irrumpieron
violentamente: la tierra tembló,
explosionó o se sumergió. Otras se
manifestaron como un empeoramiento
silencioso, invisible y gradual, a lo largo
del tiempo, como la pobreza extrema o
las extinciones masivas de anfibios.
Todas estas crisis pusieron a
prueba nuestro carácter y fuerza
de voluntad. Sin embargo, es ahí
precisamente, en nuestra
reacción racional, política,
económica y emocional donde
revelamos en qué medida y con
cuánta rapidez el hombre puede
aprender y adaptarse.
¿Cómo respondemos?
Ofreciendo información con
conocimientos más amplios, por
ejemplo mediante nuestro apoyo a la
Evaluación de ecosistemas del milenio
que ayuda a precisar en qué lugares la
avidez humana por los recursos está
causando los peores daños. Dotamos de
medios a la población, especialmente a
los más pobres, para usar de modo
sostenible los ámbitos naturales
compartidos de los que todos
dependemos. Y mejoramos la gestión a
largo plazo de los recursos naturales,
protegiendo recursos de montaña o
arrecifes de coral marino, en cualquier
lugar donde los miembros de la Unión
Mundial para la Naturaleza están
presentes.
Mediante estas respuestas, encontramos
que la contestación a la pregunta
formulada es: Ambas cosas. Los eventos
moldean nuestros pensamientos,
reacciones y valores, y a su vez, nosotros
moldeamos los eventos mediante
nuestras acciones en favor de un futuro
más verde y mejor.
Y al hacerlo, encontramos motivos para
tener una esperanza realista.
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